EL ESPÍRITU DEL NIÑO COMO GUÍA DEL CAMINO

El deseo de felicidad ya existe cuando nace la entidad humana. Existe en el bebé. Su idea de felicidad es la realización instantánea de todos sus deseos de la manera exacta en la que él lo quiere. Independientemente de lo adulta que pueda ser una persona, un vestigio de ese bebé permanece en ella durante el resto de su vida.

Bajo el punto de vista del psicoanálisis bioenergético, hasta alrededor los dos primeros años de vida, el bebé debería de ser idealmente feliz. Su sistema nervioso no está lo suficientemente desarrollado como para sostener la carga energética de la frustración. Carece del concepto de tiempo, lo que le impide darse cuenta de que el período de carencia terminará pronto, y  cree que durará una eternidad. No puede soportarlo. Así pues el bebé está en un estado de absoluta desesperación, que bien puede observarse en un bebé que llora.

Pero poco a poco, el bebé crece y su sistema nervioso se desarrolla, a la par que su entendimiento del tiempo. Sin embargo, la creencia subyacente de “para que yo sea feliz ha de hacerse mi voluntad” subsiste durante la infancia, la adolescencia y  hasta la vida adulta, aunque raramente consciente. Mientras esta convicción oculta no sea reconocida plenamente, no se puede alcanzar la liberación de los patrones infantiles que rigen nuestra vida. Cuanta menos consciencia haya de ella, más poderosa será en la psique. Inconscientemente hacer tu voluntad se convierte en un asunto de vida o muerte, como cuando eras bebé. No lograrlo representa el abismo, la oscuridad, la aniquilación. Este miedo es tan fuerte que ni siquiera te permites reconocer que no se ha hecho tu voluntad y en lugar de ello finges que no te importaba, que lo que realmente querías ya no era deseable. Esto es el orgullo.

De manera paralela a la creencia inconsciente de que “si las cosas no son como yo quiero que sean, estoy en peligro”, la parte consciente que evoluciona se va dando cuenta de que no siempre se puede conseguir lo que se quiere. Muy pronto en la infancia los niños se encuentran con la figura de la autoridad, bien en padres, maestros o figuras adultas, quienes han de ponerles límites y al mismo tiempo,  enseñarles a gestionar la frustración  de que las cosas no sean siempre como ellos quieren que sean. Así que el niño empieza a tener miedo de no conseguir lo que desea y ese miedo le lleva en muchas ocasiones a sentenciar de manera derrotista que jamás conseguirá lo que anhela y adopta medios negativos que de nuevo le llevan a sabotear lo que obtendría de manera natural.

Ahí comienza la lucha de dos fuerzas internas opuestas. Una quiere conseguir lo que se propone a toda consta, y si no lo consigue siente una amenaza vital, mientras que la otra tiene miedo de no poder conseguirlo. La primera fuerza quiere obtenerlo todo, empuja, impone su voluntad, pelea. La segunda llega a la conclusión de que nunca obtendrá lo que desea y se retrae, se aleja, no se muestra. En ambas conclusiones erróneas hay una desconexión con el flujo natural de la vida. No hay que rogar, someterse y vender el alma con el fin de tener lo que se quiere; tampoco hay que defenderse de la derrota constantemente. El Ser Real sabe todo eso. Pero en esa tensión forzada no puede mostrarse ni evolucionar.

Siempre que tu naturaleza intuitiva se ha manifestado en tu vida has experimentado una certidumbre profunda y serena. En ese momento, sin lugar a dudas, estabas libre de las dos corrientes; la forzante y la derrotista.

Como consecuencia de la corriente forzante, que busca el amor de los demás, salirse siempre con la suya y que las cosas sean a su manera, el niño desarrolla diferentes actitudes, presentes en todo ser humano en mayor o menor medida en la vida adulta.

  • La sumisión. Los sumisos se aferran y esperan el amor de otros. Para obtenerlo, renuncian a sus propias necesidades y opiniones y siempre se ponen en desventaja. De manera sutil o manifiesta, pierden su dignidad y respeto por sí mismos. Todo esto está cubierto por la racionalización de la generosidad, el sacrificio y su capacidad de amar. En realidad están simplemente tratando de negociar y decir: “Si me someto a ti y te complazco, debes amarme y hacer mi voluntad”. Aunque por fuera pueden parecer humildes y flexibles, por dentro es todo lo contrario. Es importante que todos destapemos esta parte de nuestra psique y que la entendamos. La sumisión nunca debe confundirse con el amor. Puede parecérsele, pero el contenido interior es muy diferente.
  • El ataque. En este caso el niño ha perdido la esperanza de obtener de otros lo que considera necesario, por lo que ve su única salida en usar toda su corriente forzante para sacar todo su poder, sus impulsos egoístas y para amedrentar al enemigo que siempre se interpone en su camino. Se vuelven hostiles porque creen que el mundo es hostil, y que la agresión es el único medio para conseguir la felicidad que desean. No hace falta decir que el resultado es el opuesto, enemistándose con las personas de modo que éstas sí responden con hostilidad, lo cual refuerza sus conclusiones equivocadas. Muchas veces cuánto más fuerte es la conducta hostil, más oculta está. Tal vez sólo se manifieste en una necesidad constante de tener razón. Su estilo es rechazar las emociones, el afecto y lo que puedan considerar suavidad ya que todo esto representa peligro.

Mientras que la persona sumisa es abiertamente dependiente, la hostil se engaña al creer que es independiente, que está sola, que lucha sola y que jamás se doblega ante la voluntad de otros.  Nunca se dan cuenta de que son tan dependientes como el tipo sumiso.

  • El retraimiento. En este caso el niño está completamente convencido de que jamás encontrará la felicidad, y esto parece ser tan trágico, que se protege fingiendo que no desea nada de los otros, de la vida ni el mundo. Se aísla, jamás experimenta la temida derrota y nunca se da cuenta del negocio tan malo que han hecho con la Vida. Quizá se proteja de las desilusiones y los fracasos, pero vegeta sin ninguna experiencia real. Aunque una persona con esta actitud predominante pueda parecer más alegre y bien adaptada, en lo más profundo de su ser hay una enorme desesperanza.
  • Paralizar los sentimientos reales. Esto también sucede en las tres actitudes anteriores. No se dejan fluir libremente los sentimientos. O se exageran y dramatizan o se niegan, cortan, prohíben, aplastan, subliman, o no se ven convenientes. Por lo que se pierde la guía de la intuición.

Todo esto el niño lo hace porque  desea ser amado exclusivamente y sin límites. En otras palabras, el deseo del niño de ser amado es poco realista. Sin embargo también es cierto que el niño estaría muy satisfecho con un amor real y maduro. De hecho, si este amor se le diera, la demanda poco realista de un amor exclusivo disminuiría considerablemente. Pero hay que afrontar el hecho de que la capacidad de brindar un amor genuino y maduro es rara. Como los niños no reciben suficiente amor y calor maduros, siguen teniendo hambre de ello a lo largo de su vida, a menos que esta carencia y esta herida se reconozcan y se resuelvan apropiadamente.

Todas las personas, incluidas las pocas que han comenzado a explorar su mente y sus emociones inconscientes, habitualmente pasan por alto el fuerte vínculo entre los anhelos del niño y la manera en que éste sintió su satisfacción, y  las dificultades y problemas del adulto; porque sólo unas pocas personas experimentan personalmente  – y no sólo reconocen en teoría -, lo fuerte que es éste vínculo. Es esencial tener conciencia plena de él.

Lo niños no tienen manera de traducir sus necesidades en pensamientos, no pueden comparar lo que tienen con lo que otros tienen y no saben que podría existir nada más que lo que tienen. Creen que así es como debe ser. O en casos extremos se sienten tan aislados que creen que nadie más comparte su suerte. Ambas actitudes se desvían de la verdad. Pero es cierto que los niños sienten la verdad muy intensamente. Tal vez no piensan en ella ni la observan conscientemente, pero por dentro sienten la diferencia entre un amor maduro y genuino y la variedad inmadura que se les ofrece en su lugar. Hay padres complacientes que hacen grandes demostraciones de amor, que jamás ponen límites ni se atreven a castigar ni a ejercer una autoridad sana.  Tal vez el consentimiento y los mimos puedan ser una compensación y una especie de disculpa por una incapacidad profundamente intuida de amar con madurez. Tal vez el amor real, generoso, cálido y reconfortante está ausente de su propia personalidad inmadura. Otros pueden ser demasiado severos o estrictos, con una autoridad dominante que no permite al niño desarrollarse individualmente. De cualquier manera, el niño no consigue lo que necesita: amor maduro.

Conscientemente el niño no se ha dado cuenta de nada, porque en realidad, no podía identificar con precisión qué le faltaba, y el hecho de que algo le molestara sin poder identificar o explicar racionalmente qué era, le hacía sentir culpable e incómodo, por lo tanto lo apartó de su vista tanto como le fue posible. Ese algo que tanto añoraba – que ni siquiera sabía qué era – se relegó al inconsciente. Mientras ese dolor y decepción por las necesidades insatisfechas de los primeros años sigan morando en las profundidades de la psique, no es posible la reconciliación y no importa cuánto se ame a los padres en la edad adulta, aún sigue existiendo un resentimiento inconsciente que impide perdonarles por las heridas inflingidas. Mientras el conflicto interno entre el anhelo de un amor perfecto de los  padres y el resentimiento hacia ellos siga inconsciente,  se tratará de reproducir de alguna manera la situación de la infancia en la vida adulta para poder corregirla. Esta compulsión inconsciente  nos lleva a elegir parejas, jefes, amigos y situaciones en las que seguimos deseando ese amor perfecto e imposible pensando que “esta vez lo conseguiré, esta vez me saldré con la mía, haré que me amen como necesito ser amado”, sin darnos cuenta de que toda estrategia es inviable, ya que lo que el niño interior quiere jamás podrá realizarse. Los padres, los jefes, los amigos, los compañeros de trabajo son humanos. Y como humanos, no pueden amar exclusivamente y sin límites. No se consiguió entonces ni se va a conseguir ahora. Pero es una ilusión que eso fuese una derrota, igual que es una ilusión pensar que ahora va a ser una victoria.

Al mismo tiempo también es una ilusión que la falta de amor en la infancia, por muy triste que haya sido, sea la tragedia que el subconsciente aún cree que es. La única tragedia es la manera en la que seguimos reproduciendo la situación para tratar de dominarla.

Todo esto es sumamente inconsciente y nada está más lejos de los pensamientos conscientes cuando nos concentramos en objetivos o deseos.  Hay que excavar mucho para descubrir las emociones que nos llevan una y otra vez a situaciones en las que nuestro objetivo secreto es remediar las aflicciones de la infancia, pero sólo cuando esta repetición se libera se deja de clamar para que los padres nos amen. Al dejar de exigir el amor infantil, se desarrollará de manera natural la capacidad de amar. El subconsciente está constantemente preocupado por recrear el drama con la esperanza de que “esta vez será distinto”, pero mientras estos conflictos sigan sin resolver, nunca lo será.

Es posible que en este instante de tu vida puedas estar perfectamente consciente de los aspectos felices de tu niñez, o de los dolorosos, pero es muy poco frecuente encontrar a alguien que sea plenamente consciente de ambos; alguien que viva plenamente en la realidad y que no se engañe a sí mismo con glorificaciones ni dramatismos.

Al mismo tiempo que el niño enfrenta todos estos retos vitales, aún sigue en conexión profunda con su verdadera naturaleza, con la espontaneidad, la alegría, la ternura, la creatividad y la libertad. Sueña con su propósito y tiene una capacidad de aprendizaje asombrosa. Quiere jugar y reír y no conoce los límites. Es capaz de sentir y decir “te quiero” y “te odio” con la misma facilidad y con la misma intensidad y está pletórico de energía inagotable. Necesita un entorno favorable para poder desarrollar sus dones, para preparar sus alas para el vuelo.

De igual manera que muchas de las heridas permanecen en el inconsciente, también lo hacen los talentos y las certezas.

Para poder ponernos en contacto con ese niño y escucharlo, hemos de, en principio querer hacerlo.

Si los sentimientos reales del niño se liberan sin defensa ni juicio, el adulto será sereno y desinhibido; dirá lo correcto en el momento correcto y sabrá cuándo no decir nada. No habrá duda ni titubeo en el hacer. Estará concentrado y relajado al mismo tiempo, plenamente consciente y atento al momento que están viviendo y a sus requisitos. Sabrá que nada que ha de ser suyo le faltará y no tendrá que entrar en el frenesí, ni preocuparse de si hace mucho o poco. Hará lo que es necesario  y eliminará lo que es innecesario sin miedo ni desasosiego y entrará en la corriente de Vida.

 

Begoña Ryuko

 

 

 

 

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